La espiritualidad y el proceso de paz

By Luis Carlos Palomino Forero

September 7th, 2021

Confrontarse con la muerte es una experiencia inevitable y fundamental para la existencia humana. Tanto la muerte propia como la de aquellos que nos rodean es una realidad que nos hace cuestionarnos el sentido de la vida,  a nivel individual y colectivo. Entre el sinfín de formas que tiene la muerte, la guerra es, sin lugar a dudas, una de las más absurdas y repugnantes. Su pestilencia impregna la pregunta por el sentido de la vida de una manera peligrosamente pesimista, asume que la única vida con valor es aquella que se manifiesta violentamente, haciendo del resto de elementos en la experiencia humana secundarios a esta funesta función.


Los esfuerzos llevados a cabo por la mayor parte de las religiones para dar respuestas al dilema de la muerte y la finitud de la experiencia humana, ha llevado a muchos credos a acercarse al problema de la guerra de diferentes maneras. Muchas religiones y líderes religiosos se han consagrado con el proyecto de erradicar las guerras para poder alcanzar una existencia más alta y trascender el plano de lo material. También hay otros que han usado sus creencias y símbolos como los motores que impulsan las maquinarias de guerra, bajo la promesa de un valor más alto que la vida del contrincante y la propia. 


El conflicto colombiano no ha sido una excepción a esto, dando lugar a personajes tan peculiares como Camilo Torres, el párroco y sociólogo que se hizo guerrillero en los años 60s. Esta proximidad entre guerra y religión se ha hecho incluso más evidente durante el proceso de paz con las FARC-EP, dejando entrever una gran variedad de aproximaciones religiosas al acuerdo. 


Las diferentes posiciones y acercamientos están fuertemente ligadas con las particularidades de la diversidad religiosa en Colombia. Desde la conquista, el catolicismo ha sido una de las bases fundamentales del proyecto político de las elites, siendo la bandera sobre la cual se justificó la estructura de la sociedad colonial en la que se argumentaba que el papel de los hombres blancos españoles como evangelizadores les otorgaba autoridad política sobre América y los pueblos que en ella habitaban.


Esto hizo que desde entonces el territorio colombiano haya sido mayoritariamente católico, dándole a la Iglesia un rol muy relevante dentro de la estructura política del país, mediado tanto por su influencia en la cultura y creencias de las mayorías, como por sus vínculos económicos y sociales con las elites. Muchas veces la Iglesia utilizó su influencia para relegar otros credos a las periferias de la sociedad, consolidando con apoyo del estado un pseudo monopolio de la espiritualidad del país (Beltrán Cely, 2013). La mayor expresión de esta relación han sido los concordatos firmados entre la Santa Sede y el gobierno colombiano, donde se reconoce la responsabilidad del estado de proteger el catolicismo y operar bajo sus preceptos morales. Las religiones de los pueblos originarios, el ateísmo y otras vertientes religiosas del cristianismo no podían prosperar en un contexto tan opresivo.


La situación se transformó radicalmente con el advenimiento de la constitución de 1991, en la cual se limitó (gracias a la movilización de los pueblos indígenas y comunidades afro) la cercanía entre la Iglesia Católica y el Estado, además de otorgar herramientas para garantizar la libertad de culto. Con este punto de partida ocurrió en Colombia una explosión sin precedentes de diversidad religiosa.


Con este nuevo escenario político, organizaciones cristianas inspiradas en movimientos religiosos de Estados Unidos (usualmente referidos como cristianos evangélicos, independientemente de su denominación particular) empezaron a prosperar, logrando convertir a muchos creyentes decepcionados con el ostracismo de la Iglesia católica. Según datos del Latinobarómetro, en Colombia en 1996 se estimaba que aproximadamente el 87% de la población era Católica, mientras que el 4,2% hacia parte de alguna otra denominación cristiana; en contraste para 2019 solo 72,3% de la población era Católica frente a un 14,9% cristiana.


Los nuevos grupos de creyentes están fuertemente influenciados por la agenda política de sus contrapartes en Norteamérica, convirtiéndose así en uno de los nuevos fortines electorales de los sectores más conservadores. Políticamente hablando, uno de los principales puntos en su agenda es la oposición a transformaciones en derechos sexuales y reproductivos de mujeres, como también la oposición a la legalización y fomento de los derechos de la comunidad LGTBI.


Esto los ha llevado a oponerse a clases de educación sexual, al derecho al aborto y a las familias LGTBI. Sin embargo, su participación política más prominente fue su oposición al acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC. En 2016 el Ex-presidente Juan Manuel Santos decidió que el acuerdo que se había negociado con las FARC-EP iba a ser refrendado a través de un plebiscito, dejando su aprobación  a  votación popular. En la campaña para estas votaciones, numerosos líderes religiosos cristianos se opusieron al acuerdo de paz, porque este reconocía a la población LGBTI como víctimas del conflicto, permitiendo que la violencia que estos hubieran sufrido de parte de los actores armados del conflicto armado pudiera ser reconocida como tal y pudieran recibir reparaciones. Para estos líderes religiosos y sus seguidores, este reconocimiento hacía parte de una agenda para promover lo que ellos llaman “la ideología de género”.


Sin embargo, esta no es la única interpretación del proceso de paz con las FARC que surgió con base a creencias religiosas. Sectores importantes de la Iglesia Católica, liderados por el mismo Papa Francisco, apoyaron abiertamente la construcción de paz en Colombia, viendo en las negociaciones la materialización del mensaje del Evangelio en función del perdón, del arrepentimiento y el amor al prójimo. Una importante piedra angular de esta perspectiva fue el rol del padre Jesuita Francisco de Roux en la construcción del acuerdo y en su posterior implementación.


Frente al proceso de Paz con las FARC, los pueblos indígenas apoyaron de muy diferentes maneras desde sus cosmogonías el desarrollo del mismo. El enfoque territorial que tiene el acuerdo requiere que los actores implicados tengan que trabajar en los territorios de estos pueblos, ya que ellos han sido especialmente afectados por la violencia. Esto tiene connotaciones profundamente espirituales, ya que dentro de las cosmogonías de algunos de estos pueblos la relación entre los seres humanos y su territorio no es meramente utilitarista sino esencial y trascendente; es decir la naturaleza no existe para que el ser humano la utilice como recurso, sino que el ser humano es una parte de la naturaleza y a través de una conexión más sana con ella puede trascender su experiencia inmediata. 


Así la idea que la paz es el resultado de la armonía no solo entre seres humanos, sino de estos con el medio ambiente, es un punto donde convergen las creencias tradicionales de estos pueblos y el acuerdo de paz con las FARC. Esto se ha traducido en una serie de rituales que han servido como puente entre las decisiones que se han tomado por blancos y mestizos y las autoridades indígenas que rigen allí, dándole un semblante de legitimidad trascendente, muy necesario en un acuerdo tan disputado en la escena nacional como el acuerdo de paz con las FARC. Vale la pena preguntarse si los rituales y símbolos realmente han sido comprendidos por aquellos ajenos a las comunidades indígenas, o si su participación solamente hace parte de una estrategia para ganarse el favor popular y de estas comunidades.


Frente a esta gran diversidad de aproximaciones al proceso de paz en Colombia es importante hacer énfasis en que la religión de una persona no determina si estuvo a favor o en contra del proceso de paz en Colombia. Ha habido numerosos casos de iglesias protestantes que han apoyado el proceso de paz, al igual que sectores dentro de la iglesia católica que se han opuesto al mismo. Sin embargo, es necesario considerar cómo las creencias personales afectan la visión que uno mismo tiene de la paz y de la guerra y entender cómo otros desde su posición entienden la misma situación bajo una lupa moral totalmente distinta. 

Referencias

  1. Beltran Cely, William Mauricio. (2013) Pluralización religiosa y cambio social en Colombia. In: Theologica Xaveriana - Vol. 63 No. 175 (56-85) Bogotá.